Capítulo 13: Presagios De Tempestad - Page 3 of 3

- ¡Lo que dan que hacer los muertos!. El Padre Grande me pegó de bastonazos por haber dejado enterrar estando yo enfermo; ahora éste a poco me rompe el brazo por haber desenterrado. ¡Lo que son estos españoles!. Todavía voy a perder mi oficio.

Ibarra andaba aprisa con la mirada a lo lejos; el viejo criado le seguía llorando.

El sol estaba ya para ocultarse; gruesos nimbus entoldaban el cielo hacia el Oriente; un viento seco agitaba las copas de los árboles y hacía gemir a los cañaverales.

Ibarra iba descubierto; de sus ojos no brotaba una lágrima, de su pecho no se escapaba un suspiro. Andaba como si huyese de alguno, acaso de la sombra de su padre, acaso de la tempestad que se aproximaba. Atravesó el pueblo dirigiéndose hacia las afueras, hacia aquella antigua casa que desde hace muchos años no había vuelto a pisar. Rodeada de un muro donde crecen varios cactus, parecía que le hacía señas: las ventanas se abrían; el ilang-ilang [8] se balanceaba agitando alegremente sus ramas, cargadas de flores; las palomas revoloteaban alrededor del cónico techo de su vivienda, colocada en medio del jardín.

Pero el joven no se fijaba en estas alegrías que ofrece la vuelta al antiguo hogar: tenía sus ojos clavados en la figura de un sacerdote, que avanzaba en dirección contraria. Era el cura de San Diego, aquel meditabundo franciscano que vimos, el enemigo del alférez. El aire plegaba las anchas alas de su sombrero; el hábito de guingón se aplastaba y amoldaba a sus formas, marcando unos muslos delgados y algo estevados. En la diestra llevaba un bastón de palasan [9] con puño de marfil. Era la primera vez que Ibarra y él se veían.

Al encontrarse, detúvose el joven un momento y le miró de hito en hito; Fr. Salví esquivó la mirada y se hizo el distraído.

Sólo un segundo duró la vacilación: Ibarra se dirigió a él rápidamente, le paró dejando caer con fuerza la mano sobre el hombro y en voz apenas inteligible:

- ¿Qué has hecho de mi padre? –preguntó.

Fr. Salví, pálido y tembloroso al leer los sentimientos que se pintaban en el rostro del joven, no pudo contestar: sentíase como paralizado.

- ¿Qué has hecho de mi padre? –le volvió a preguntar con voz ahogada.

El sacerdote, doblegado poco a poco por la mano que le oprimía, hizo un esfuerzo y contestó:

- ¡Ud. está equivocado; yo no le he hecho nada a su padre!.

- ¿Qué no? –continuó el joven, oprimiéndole hasta hacerle caer de rodillas.

- ¡No, se lo aseguro!, fue mi predecesor, fue el Padre Dámaso...

- Ah! –exclamó el joven soltándole y dándose una palmada en la frente. Y abandonando al pobre Fr. Salví se dirigió precipitadamente hacia su casa.

El criado llegaba entretanto y ayudaba al fraile a levantarse.

[8] Arbol de flores blancas de olor exquisito y muy intenso. De ellas se extrae esencia para perfumes.

[9] Especie de 'ratán' o bejuco muy duro y por ello preferido para bastones. El ratán es una liana parásita de otras especies en el bosque de Filipinas

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pusong-bakal