Capítulo 12: Todos Los Santos - Page 2 of 2

- ¿Quién te lo mandó?.

El sepulturero medio retrocedió y examinó de pies a cabeza a su compañero.

- ¡Hombre!. Pareces un español; las mismas preguntas me hizo después un español, pero en secreto. Pues te voy a contestar como al español: me lo mandó el cura grande.

- ¡Ah!, y ¿qué has hecho después del cadáver? –continuó preguntando el delicado.

- ¡Diablo!. Si yo no te conociera y supiera que eres hombre, diría que verdaderamente eres español civil: preguntas como el otro. Pues... el cura grande me mandó que lo enterrase en el cementerio de los chinos, pero como el ataúd era pesado y el cementerio de los chinos está lejos...

- ¡No, no!. ¡Yo no cavo más! –interrumpió el otro lleno de horror, soltando la pala y saltando de la fosa-; he partido un cráneo y temo que no me deje dormir esta noche.

El sepulturero soltó una carcajada al ver cómo se alejaba haciéndose cruces.

El cementerio se iba llenando de hombres y mujeres, vestidos de luto. Algunos buscaban algún tiempo la fosa, disputaban entre sí y, como si no estuviesen acordes, se separaban y cada cual se arrodillaba donde le parecía mejor; otros, los que tenían nichos para sus parientes, encendían cirios y se ponían devotamente a rezar; oíanse también suspiros y sollozos que se procuraban exagerar o reprimir. Ya se oía el run-run de orápreo, orápreis y requiemaeternams. [7]

Un viejecito, de ojos vivos, entró descubierto. Al verle, muchos rieron, algunas mujeres fruncieron las cejas. El viejo parecía no hacer caso de tales demostraciones, pues se dirigió al montón de cráneos, se arrodilló y buscó algún tiempo con la mirada algo entre los huesos; después, con cuidado, fue apartando los cráneos uno tras otro, y como si no encontrase lo que buscaba, arrugó las cejas, movió a un lado y otro la cabeza, miró a todas partes y finalmente se levantó y se dirigió al sepulturero.

- ¡Oy! –le dijo.

Este levantó la cabeza.

- ¿Sabes dónde está una hermosa calavera, blanca como la carne del coco, con una completa dentadura, la cual yo tenía allí al pié de la cruz, debajo de aquellas hojas?.

El sepulturero se encogió de hombros.

- ¡Mira! –añadió el viejo enseñándole una moneda de plata-; no tengo más que esto, pero te la daré si me la encuentras.

El brillo de la moneda le hizo reflexionar, miró hacia el oratorio y dijo:

- ¿No está allá?. ¿No?. Pues entonces no lo sé.

-¿Sabes?. Cuando me paguen los que me deben te daré más – continuó el viejo-. Era el cráneo de mi esposa; con que si me la encuentras.

- ¿No está allá?. ¡Pues no lo sé!. Pero si queréis, ¡os puedo dar otro!.

- ¡Eres como la tumba que cavas! –le apostrofó el viejo nerviosamente-. No sabes el valor de lo que pierdes. ¿Para quién es la fosa?.

- ¿Los sé yo acaso?. ¡Para un muerto! –contestó malhumorado el otro.

- ¡Como la tumba, como la tumba! –repitió el viejo riendo secamente-; ¡ni sabes lo que arrojas, ni lo que tragas!. ¡Cava, cava!.

Y se volvió dirigiéndose a la puerta.

El sepulturero, entretanto, había concluido con su tarea; dos montículos de tierra fresca y rojiza se levantaban a los bordes. Sacó de su salakot buyo, púsose a mascarlo mirando con aire estúpido cuanto en su derredor pasaba.

[7] Palabras onomatopéyicas tomadas de las oraciones en latín del clero. Orapreo y orapreis son contracciones de 'ora pro eo' (ora por él) y 'ora pro eis' (ora por ellos) 'requiemaeternams' es un imposible latín formado por las palabras, 'requiem aeternam' (descanso eterno, como objeto directo) a las que se les añade una 's'.

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hagisan ng tuwalya