Capítulo 19: Aventuras De Un Maestro De Escuela - Page 3 of 4

- Ud. se ríe –repuso el maestro riéndose también-; confieso que entonces no tuve ganas de reírme. Estaba de pié; sentí que la sangre se me subía a la cabeza y un relámpago oscurecía mi cerebro. Al Cura le vi lejos, muy lejos; me adelanté hacia él para replicarle, sin saber lo que iba a decir. El sacristán mayor se interpuso, él se levantó y me dijo serio en tagalo; “No me uses prendas prestadas; conténtate con hablar tu idioma y no me eches a perder el español, que no es para vosotros. ¿Conoces al maestro Ciruela?. Pues, Ciruela era un maestro que no sabía leer y ponía escuela”. Quise detenerle, pero entróse en su cuarto y cerró la puerta violentamente. ¿Qué iba yo a hacer, yo que apenas tengo con mi sueldo, que para cobrarlo necesito el visto bueno del cura y hacer un viaje a la cabecera de la provincia, qué podía yo hacer contra él, la primera autoridad moral, política y civil en un pueblo, sostenido por su corporación, temido del Gobierno, rico, poderoso, consultado, escuchado, creído y atendido siempre por todos?. Si me insulta, debo callarme; si replico, se me arroja de mi puesto, perdiendo para siempre mi carrera, y no por eso ganaría la enseñanza, por el contrario, todos se pondrían del lado del cura, me execrarían y llamaría vanidoso, orgulloso, soberbio, mal cristiano, mal educado, y cuando no, anti-español y filibustero. Del maestro de escuela no se espera saber ni celo; sólo se le pide resignación, humillación, inercia, y perdóneme Dios si he renegado de mi conciencia y razón, pero he nacido en este país, tengo que vivir, tengo una madre y me abandono a mi suerte como un cadáver que arrastra la ola.

- Y ¿por este obstáculo se ha desanimado Ud. para siempre?. ¿Y así ha vivido Ud. después?.

- ¡Ojalá me hubiera escarmentado! –contestó- ¡se hubiera limitado a eso mis infortunios!. Verdad es que desde entonces cobré aversión a mi carrera; pensaba buscar otro oficio como mi predecesor, porque el trabajo, cuando se hace a disgusto y con vergüenza, es un martirio, y porque la escuela me recordaba cada día mi afrenta, haciéndome pasar horas muy amargas. Pero ¿qué hacer?. No podía desengañar a mi madre; tenía que decirle que sus tres años de sacrificio para darme esta carrera, hacen ahora mi felicidad; es menester hacerle creer que la profesión es honradísima, el trabajo delicioso, el camino sembrado de flores, que el cumplimiento de mi deber sólo me produce amistades; que el pueblo me respeta y me llena de consideraciones; de lo contrario, sin dejar de ser infeliz, haría otra desgraciada, lo que además de ser inútil es un pecado. Permanecí, pues, en mi puesto y no quise desanimarme: intenté luchar.

El maestro de escuela hizo una breve pausa y después prosiguió:

- Desde el día en que fui tan groseramente insultado, me examiné a mí mismo y me vi en efecto muy ignorante. Púseme a estudiar día y noche el español y todo lo que se relacionaba con mi carrera; el viejo filósofo me prestaba algunos libros, leía cuando encontraba, y analizaba cuanto leía. Cuando las nuevas ideas que de una parte y otra he ido adquiriendo cambió mi punto de vista, y vi muchas cosas bajo un aspecto diferente del que tenía antes. Veía errores donde antes sólo veía verdades, y verdades en muchas cosas que me parecieron errores. Los azotes, por ejemplo, que desde tiempo inmemorial era el distintivo de las escuelas, y que antes tenía por el único medio eficaz de hacer aprender –así nos habían acostumbrado a creerlo-, me parecieron después que lejos de contribuir al adelanto del niño, le inutilizaban considerablemente. Me convencí de que era imposible raciocinar teniendo la palmeta o las disciplinas a la vista; el miedo y el terror turban al más sereno, además de que la imaginación del niño es más viva, más impresionable. Y como para que en el cerebro se impriman las ideas es menester que reine la calma exterior e interiormente, que haya serenidad de espíritu, tranquilidad material y moral y buen ánimo, creí que antes que todo debía difundir en los niños confianza, seguridad y aprecio de sí mismos. Comprendí además que el espectáculo diario de los azotes mataba la piedad en el corazón y extinguía esa llama de la dignidad, la palanca del mundo, perdiéndose con ella la vergüenza que vuelve ya difícilmente. He observado también que cuando uno es azotado, halla un consuelo en que los demás, lo sean a su vez, y sonríe con satisfacción al oír el llanto de los otros; y el que se encarga de azotar, si bien obedece el primer día con repugnancia, después se acostumbra y halla un deleite en su triste misión. El pasado me horrorizó, quise salvar el presente modificando el antiguo sistema. Traté de hacer amable y risueño el estudio, quise hacer de la cartilla, no el librito negro y bañado en lágrimas de la niñez, sino un amigo que le va a descubrir secretos maravillosos; de la escuela, no un lugar de dolores, sino un sitio de recreo intelectual. Suprimí, pues, poco a poco los azotes, me llevé a casa las disciplinas y las reemplacé con la emulación y el aprecio de sí mismos. Si se descuidaba una lección, lo atribuía a falta de voluntad, nunca a falta de capacidad; les pedía creer que tenían mejores disposiciones de las que en realidad podían tener, y esta creencia, que procuraban confirmar, los obligaba a estudiar, así como la confianza conduce al heroísmo. Al principio parecía que el cambio de método era impracticable: muchos dejaron de estudiar; pero yo seguí y noté que poco a poco se iban levantando los ánimos, acudían más niños y con más frecuencia; y el que una vez era alabado delante de todos, al día siguiente aprendía el doble. Pronto se divulgó por el pueblo que yo no pegaba; el cura me hizo llamar, y temiendo yo otra escena, salúdele secamente en tagalo. Esta vez estuvo muy serio conmigo. Me dijo que echaba a perder a los niños, que malgastaba el tiempo, que no cumplía con mi deber, que el padre que perdonaba el palo odiaba a su hijo, según el Espíritu Santo, que la letra con sangre entra, etc.; etc.; me trajo una porción de dichos de los tiempos bárbaros, como si bastase que una cosa haya sido dicha por los antiguos para ser indiscutible; según esto deberíamos creer que han existido realmente los monstruos, que aquellas edades crearon y han esculpido en sus palacios y catedrales. En fin, me recomendó ser diligente y que volviese al antiguo sistema, pues si no, daría parte al Alcalde en contra mía. No quedó aquí mi desgracia: días después se presentaban debajo del convento los padres de los chicos, y he tenido necesidad de llamar en mi auxilio toda mi paciencia y resignación. Empezaron ponderándome los antiguos tiempos en que los maestros tenían carácter y enseñaban como habían enseñado sus abuelos. “Aquellos sí que eran sabios! –decían-, aquellos pegaban y enderezaban el árbol torcido. ¡Aquellos no eran jóvenes, eran viejos de mucha experiencia, canosos y severos!. D. Catalino, el rey de todos ellos y fundador de aquella escuela, no daba nunca menos de veinticinco palos, por eso sacó hijos sabios y sacerdotes. ¡Ah! los antiguos valían más que nosotros, sí señor, más que nosotros”. Otros no se contentaban con estas groseras indirectas; me decían claramente que, si seguía mi sistema, sus hijos no aprenderían nada y que se verían obligados a sacarlos de la escuela. Inútil fue razonar con ellos: como joven no me concedían gran razón. ¡Cuánto hubiera yo dado por tener canas!. Citábanme la autoridad del Cura, de Fulano, de Zutano y se citaban a ellos mismos, diciendo que si no hubiera sido por los azotes de sus maestros, no habrían aprendido nada. La simpatía que algunas personas me demostraron dulcificó un poco la amargura de este desengaño. En vista de esto, tuve que renunciar a un sistema, que después de mucho trabajo empezaba a darme sus frutos. Desesperado, llevé al día siguiente a la escuela los azotes y comencé de nuevo mi bárbara tarea. La serenidad desapareció y volvió a reinar la tristeza en los semblantes de los niños que ya me empezaban a querer: eran mis únicas relaciones, mis únicos amigos. Aunque procuraba economizar los azotes y darlos con toda la lenidad posible, los niños se sentían, sin embargo, vivamente heridos, rebajados, y lloraban con amargura. Aquello me llegaba al corazón, y aunque interiormente estaba irritado contra sus estúpidas familias, no podía sin embargo vengarme en aquellas inocentes víctimas de las preocupaciones de sus padres. Sus lágrimas me quemaban; el corazón no me cabía dentro del pecho, y aquel día abandoné la clase antes de la hora y me fui a mi casa a llorar a solas... Acaso le extrañé a Ud. mi sensibilidad, pero si estuviese en mi lugar, la comprendería. El viejo D. Anastasio me decía: “¿Piden azotes los padres?. ¿Por qué no se los dio Ud. a ellos?”. De resultas de esto caí enfermo.

Ibarra escuchaba pensativo.

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mabungangà