Capítulo 17: Basilio - Page 3 of 3

- Soñé... ¡Dios! –exclamó Basilio incorporándose cubierto de sudor-. Fue un sueño; ¡decid, madre, que no fue más que un sueño, un sueño no más!.

- ¿Qué has soñado?.

El muchacho no contestó. Sentóse para enjugarse las lágrimas y el sudor. La choza estaba toda a oscuras.

- ¡Un sueño, un sueño! –repetía Basilio en voz baja.

- ¡Cuéntame que has soñado!, ¡no puedo dormir! –decía la madre cuando su hijo volvió a acostarse.

- Pues –dijo éste en voz baja- soñé que fuimos a recoger espigas... en una sementera donde había muchas flores... las mujeres tenían cestos llenos de espigas... los hombres tenían cestos llenos de espigas... y los niños también... ¡No me acuerdo más, madre, no me acuerdo de lo demás!.

Sisa no insistió; ella no hacía caso de los sueños.

- Madre, he formado un proyecto esta noche –dijo Basilio después de algunos minutos de silencio.

- ¿Qué proyecto? –preguntó ella.

Sisa, humilde en todo, era humilde hasta con sus hijos; los creía más juiciosos que ella misma.

- ¡Ya no quisiera ser sacristán!.

- ¿Cómo?.

- Oíd, madre, lo que he pensado. Hoy ha llegado de España el hijo del difunto D. Rafael, el cual será tan bueno como su padre. Pues bien, madre, mañana sacáis a Crispín, cobráis mi sueldo y decís que ya no seré sacristán. Tan pronto como me ponga bueno, iré a verle a D. Crisóstomo y le suplicaré me admita como pastor de vacas o carabaos; ya soy bastante grande. Crispín podrá aprender en casa del viejo Tasio, que no pega y es bueno, por más que no lo crea el cura. ¿Qué tenemos ya que temer del Padre?. ¿Puede hacernos más pobres de lo que somos?. Creedlo, madre, el viejo es bueno; yo le he visto varias veces en la iglesia cuando no hay nadie en ella; se arrodilla y ora, creedlo. Con que, madre, dejaré de ser sacristán; se gana poco y, todavía, ¡lo que se gana se va en multas!. Todos se quejan de lo mismo. Seré pastor, y cuidando bien lo que se me confíe, me haré querer del dueño; quizás nos deje ordeñar una vaca para tomar leche; a Crispín le gusta mucho la leche. ¡Quién sabe!, quizás os regalen una ternerita si ven que me porto bien; la cuidaremos y la engordaremos como nuestra gallina. En el bosque cogeré frutas y las venderé en el pueblo juntamente con las legumbres de nuestra huerta, y así tendremos dinero. Armaré lazos y trampas para coger aves y gatos monteses, pescaré en el río, y cuando sea más grande, cazaré. Podré también cortar leña para vender o regalar al dueño de las vacas y así le tendremos contento. Cuando pueda arar, le pediré me confíe un pedazo de tierra para sembrar caña de azúcar o maíz y no tendréis que coser hasta medianoche. Tendremos ropas nuevas cada fiesta, comeremos carne y pescados grandes. Entretanto viviré libre, nos veremos todos los días y comeremos juntos. Y ya que dice el viejo Tasio que Crispín tiene mucha cabeza, le enviaremos a Manila a estudiar; yo le mantendré trabajando: ¿verdad, madre?. Y será doctor, ¿qué decís?.

- ¡Qué he de decir sino sí! –contestó Sisa abrazando a su hijo.

Ella notó que el hijo no contaba para nada con su padre en el porvenir y lloró lágrimas silenciosas.

Basilio siguió hablando de sus proyectos con esa confianza de los años que no ve más que lo que se quiere ver. Sisa a todo decía sí, todo le parecía bueno. El sueño volvió a descender poco a poco sobre los cansados párpados del niño y esta vez el Ole-Luköie [12] de que nos habla Andersen desplegó sobre él su hermoso paraguas, lleno de alegres pinturas.

Ya se veía pastor con su hermanito; cogían guayabas, alpay [13] y otras frutas en el bosque; andaban de rama en rama, ligeros y como las mariposas; entraban en las grutas y veían que las paredes brillaban; bañábanse en los manantiales, y la arena era polvos de oro, y las piedras como las piedras de la corona de la Virgen. Los pececillos les cantaban y reían, las plantas inclinaban sus ramas, cargadas de monedas y frutas. Luego vio una campana, colgada de un árbol, y una cuerda larga para tocarla: a la cuerda había atada una vaca con un nido de pájaros entre astas y Crispín estaba dentro de la campana, etc. Y así fue soñando.

Pero la madre, que no tenía su edad ni había corrido durante una hora, no dormía.

[12] El Pegaojos en español, cuento de H. C. Andersen. Luk-Oie es el dios del sueño y el cuento narra como Ole Luk-Oie hace dormir a los niños, entre otras cosas cubriéndolos con una sombrilla de colorines que los hace soñar. Se puede leer una versión abreviada en Pegaojos.

[13] Fruta semejante a las lechías chinas pero menos sabrosa.

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tablá ang mukhâ