Capítulo 11: Los Soberanos - Page 2 of 2

Como decíamos, el P. Salví era muy asiduo en cumplir con sus deberes, según el alférez, demasiado asiduo. Mientras predicaba –era muy amigo de predicar- se cerraban las puertas de la iglesia, en esto se parecía a Nerón que no dejaba salir a nadie mientras cantaba en el teatro; pero aquel lo hacía para el bien y éste para el mal de las almas. Toda falta de sus subordinados solía castigar con multas, pues pegaba muy raras veces; en lo que se diferenciaba también mucho del P. Dámaso, el cual todo lo arreglaba a puñetazos y bastonazos, que daba riendo y con la mejor buena voluntad. Por esto no se le podía querer mal; estaba convencido de que sólo a palos se le trata al indio; así lo había dicho un fraile que sabía escribir libros y él lo creía pues no discutía nunca lo impreso: de esta modestia se podían quejar muchas personas.

Fr. Salví pegaba rarísimas veces pero como decía un viejo filósofo del pueblo, lo que faltaba en cantidad, abundaba en cualidad, pero tampoco por esto se le podía querer mal. Los ayunos y abstinencias, empobreciendo su sangre, exaltaban sus nervios y, como decía la gente, se le subía el viento a la cabeza. De esto venía a resultar que las espaldas de los sacristanes no distinguían bien cuándo un cura ayunaba mucho o comía mucho.

El único enemigo de este poder espiritual con tendencias de temporal, era, como lo dijimos, el alférez. El único, pues cuentan las mujeres que el diablo anda huyendo de él, porque un día, habiéndose atrevido a tentarlo, fue cogido, atado al pie del catre, azotado con el cordón, y sólo fue puesto en libertad después de nueve días.

Como es consiguiente, el que después de esto se haga todavía enemigo de un hombre como tal, llega a tener peor fama que los mismos pobres e incautos diablos, y el alférez merecía su suerte. Su señora, una vieja filipina con muchos coloretes y pinturas, llamábase Dª. Consolación; el marido y otras personas la llamaban de otra manera. El alférez vengaba sus desgracias matrimoniales en su propia persona emborrachándose como una cuba, mandando a sus soldados hacer ejercicios al sol, quedándose él en la sombra, o lo que es más a menudo, sacudiendo a su señora, que, si no era un cordero de Dios para quitar los pecados de nadie, en cambio servía para ahorrarle muchas penas del Purgatorio, si acaso iba allá, lo que ponen en duda las devotas. El y ella, como bromeando, se zurraban de lo lindo y daban espectáculos gratis a los vecinos: concierto vocal e instrumental, a cuatro manos, piano, fuerte, con pedal y todo.

Cada vez que estos escándalos llegaban a oídos del P. Salví, este se sonreía y se persignaba, rezando después un padrenuestro; llamábanle carca, hipócrita, carliston, avaro; el P. Salví se sonreía también y rezaba más. El alférez siempre contaba a los pocos españoles que le visitaban, la anécdota siguiente:

- ¿Va Ud. al convento a visitar al curita Moscamuerta?. ¡Ojo!. Si le ofrece chocolate, ¡lo cual dudo!... pero en fin, si le ofrece, ponga atención. Llama al criado y dice: Fulanito, haz una jícara de chocolate, ¿eh?, entonces quédese sin temor, pero si dice: Fulanito, haz una jícara de chocolate ¿ah?, entonces coja Ud. el sombrero y márchese corriendo.

- ¿Qué? –preguntaba el otro espantado- ¿da jicarazos?. ¡Caramba!.

- ¡Hombre, tanto no!.

-¿Entonces?.

- Chocolate ¿eh? Significa espeso, y chocolate ¿ah?, aguado.

Pero creemos que esto sea calumnia del alférez, pues la misma anécdota se atribuye también a muchos curas. A menos que sea cosa de la Corporación...

Para hacerle daño prohibió el militar, inspirado por su señora, que nadie se paseara arriba de las nueve de la noche. Dª. Consolación pretendía haber visto al cura, disfrazado con camisa de piña y salakot de nitô, [5] pasearse a altas horas de la noche. Fr. Salví se vengaba sanamente: al ver al alférez entrar en la iglesia, mandaba disimuladamente al sacristán cerrar todas las puertas, y entonces se subía al púlpito y empezaba a predicar hasta que los santos cerraban los ojos y le murmuraba ¡por favor! la paloma de madera sobre su cabeza, la imagen del Espíritu divino. El alférez, como todos impenitentes, no por eso se corregía: salía jurando y tan pronto como pillara a un sacristán o un criado del cura, le detenía, le zurraba, le hacía fregar el suelo del cuartel y el de su propia casa que entonces se ponía decente. El sacristán al ir a pagar la multa, que el cura le ponía por su ausencia, exponía los motivos. Fr. Salví le oía silencioso, guardaba el dinero, y por de pronto soltaba a sus cabras y carneros para que fuesen a pacer en el jardín del alférez, mientras buscaba un tema nuevo para otro sermón mucho más largo y edificante. Pero estas cosas no eran obstáculo ninguno para que, si después se veían, se diesen la mano y se hablasen cortésmente.

Cuando el marido dormía el vino o roncaba la siesta y Dª. Consolación no podía reñir con él, entonces establecíase en la ventana con su puro en la boca y su camisa de franela azul. Ella, que no puede soportar a la juventud, dardea desde allí con sus ojos a las muchachas y las moteja. Estas, que la temen, desfilan confusas sin poder levantar los ojos, apresurando el paso y conteniendo la respiración. Dª. Consolación tenía una gran virtud: parecía no haber mirado nunca a un espejo.

Estos son los soberanos del pueblo de San Diego.

[5] Hoja larga fina y brillante de un helecho trepador de la que se hacen sombreros finos y esteras para dormir.

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inagaw sa kamátayan