Capítulo 29: La Mañana

LAS BANDAS DE MÚSICA tocaron diana a los primeros albores del alba de la aurora, despertando con aires alegres a los fatigados vecinos del pueblo. La vida y la animación renacieron, las campanas volvieron a repicar y las detonaciones comenzaron.

Era el último día de la fiesta, era verdaderamente la fiesta misma. Se esperaba ver mucho, más que el día anterior. Los Hermanos de la V.O.T. eran mas numerosos que los del Smo. Rosario y sus cofrades sonreían piadosamente, seguros de humillar a sus rivales. Habían comprado mayor número de velas: los chinos cereros hicieron su agosto, y en agradecimiento pensaban bautizarse, por más que algunos aseguraban que no era por fe en el catolicismo sino por el deseo de tomar mujer. Pero a esto respondían las piadosas mujeres:

- Aunque así fuera, el casarse tantos chinos a la vez no dejaría de ser un milagro, y ya les convertirían sus esposas.

La gente se puso los mejores trajes; salieron de sus cajitas todas las alhajas. Los tahúres y los jugadores mismos lucieron camisas bordadas con botones de gruesos brillantes, pesadas cadenas de oro y blancos sombreros de jipijapa. Sólo el viejo filósofo seguía como siempre: la camisa de sinamay [28] con rayas oscuras, abotonada hasta el cuello, zapatos holgados y ancho sombrero de fieltro color ceniza.

- ¡Está Ud. hoy más triste que nunca! –le dijo el teniente mayor-; ¿no quiere Ud. que nos alegremos de vez en cuando, puesto que tenemos mucho que llorar?.

- ¡Alégrarse no quiere decir cometer locura! – contestó el viejo-. ¡Es la insensata orgía de todos los años!. Y todo ¿por qué?. ¡Malgastar el dinero cuando hay tantas miserias y necesidades!. ¡Ya!, comprendo, ¡es la orgía, es la bacanal para apagar las lamentaciones de todos!.

- Ya sabe Ud. que participo de su opinión –repuso D. Filipo, medio serio medio sonriendo-. La he defendido, pero ¿qué podía hacer contra el gobernadorcillo y el cura?.

- ¡Dimitir! –contestó el filósofo y se alejó.

D. Filipo se quedó perplejo, siguiendo con la vista al anciano.

- ¡Dimitir! –murmuraba dirigiéndose a la iglesia-, ¡dimitir!. ¡Sí!. Si este cargo fuese una dignidad y no una carga, sí, ¡dimitir!.

El patio de la iglesia estaba lleno de gente: hombres y mujeres, niños y viejos, vestidos con sus mejores trajes, confundidos unos con otros, entraban y salían por las estrechas puertas. Olía a pólvora, a flores, a incienso, a perfume; bombas, cohetes y buscapiés [29] hacían correr y gritar a las mujeres, reír a los niños. Una banda de música tocaba delante del convento, otras, conduciendo a la municipalidad, recorrían las calles donde flotaban y ondeaban multitud de banderas. Luz y colores abigarrados distraían la vista, armonías y estruendos el oído. Las campanas no cesaban de repicar; cruzábanse coches y calesas cuyos caballos a veces se espantaban, encabritaban, ponían de manos; lo cual, a pesar de no figurar en el programa de la fiesta, constituía un espectáculo gratis y de los más interesantes.

El Hermano Mayor de este día había enviado criados para buscar convidados en la calle, como el que dio el festín de que nos habla el Evangelio. Se invitaba, casi a la fuerza, a tomar chocolate, café, té, dulces, etc. No pocas veces la invitación tomaba las proporciones de una querella.

Iba a celebrarse la misa mayor, la misa que llaman de dalmática, como la de ayer de que hablaba el digno corresponsal, sólo que ahora el celebrante sería el P. Salví y entre las personas que iban a oírla estaría el Alcalde de la provincia con otros muchos españoles y gente ilustrada para escuchar al P. Dámaso que gozaba de gran fama en la provincia. El alférez mismo, escarmentado y todo de las predicciones del P. Salví, acudía también para dar prueba de su buena voluntad y desquitarse si era posible de los malos ratos que el cura le había dado. Tal fama tenía el P. Dámaso que ya el corresponsal escribió de antemano al director del periódico lo siguiente:

“Como le había anunciado a Ud. en mis pergeñadas líneas de ayer, así ha sucedido. Hemos tenido la especial dicha de oír al M.R.P. Fr. Dámaso Verdolagas, antiguo cura de este pueblo, trasferido hoy a otro mayor en premio de sus buenos servicios. El insigne orador sagrado ocupó la cátedra del Espíritu Santo pronunciando un elocuentísimo y profundísimo sermón, que edificó y dejó pasmados a todos los fieles que aguardaban ansiosos ver brotar de sus fecundos labios la saludable fuente de la eterna vida. Sublimidad en los conceptos, atrevimiento en las concepciones, novedad en las frases, elegancia en el estilo, naturalidad en los gestos, gracia en el hablar, gallardía en las ideas, he aquí las prendas del Bossuet español, que tiene justamente ganada su alta reputación, no sólo entre los ilustrados españoles sino aún entre los rudos indios y los astutos hijos del celeste Imperio”.

[28] Tejido hecho de fibra de abacá. De la fibra de abacá se hace principalmente cordelería, hasta hace pocos años, a raiz de la introducción del nylon, muy preferida por la industria naval por su capacidad de resistencia tensil superior a cualquier otra fibra natural y el hecho de que el agua de mar no la pudre.

[29] Cohetes sin vara que se disparan para que corran por el suelo sin dirección ninguna, como si buscaran los pies de la gente.

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malakás na ang bagwís
 

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