Capítulo 57: ¡Vae Victis!

¡Vae Victis! [2]

Mi gozo en un pozo.GUARDIAS CIVILES SE PASEAN con aire siniestro delante de la puerta del tribunal, amenazando con la culata de su fusil a los atrevidos chicuelos que se levantan de puntillas o se cargan unos a otros para ver algo a través de las rejas.

La sala no presenta ya aquel aspecto alegre de cuando se discutía el programa de la fiesta: ahora es sombrío y poco tranquilizador. Los guardias civiles y cuadrilleros que la ocupan, hablan apenas y aun en voz baja y pronunciando breves palabras. Sobre la mesa emborronan papeles el directorcillo, dos escribientes y algunos soldados; el alférez se pasea de un lado a otro, mirando de cuando en cuando con aire feroz hacia la puerta; más orgulloso no habría aparecido Temístocles en los Juegos Olímpicos después de la batalla de Salamina. [3] Dª. Consolación bosteza en un rincón, enseñando unas negras fauces y una accidentada dentadura; su mirada se fija fría y siniestra en la puerta de la cárcel, cubierta de figuras indecentes. Ella había conseguido el marido, a quien la victoria había hecho amable, la dejase presenciar el interrogatorio y acaso las torturas consiguientes. La hiena olía el cadáver, se relamía y la aburría el retardo del suplicio.

El gober nadorcillo está muy compungido: su sillón, aquel gran sillón colocado debajo del retrato de S.M., está vacío y parece destinado a otra persona.

Cerca de las nueve, el cura llega pálido y cejijunto.

- ¡Pues no se ha hecho Ud. esperar! –le dice el alférez.

- Preferiría no asistir –contesta el P. Salví en voz baja sin hacer caso de aquel tono amargo-; soy muy nervioso.

- Como no ha venido nadie por no dejar el puesto, juzgué que su presencia de Ud... Ya sabe Ud. que esta tarde salen.

- ¿El joven Ibarra y el teniente mayor...?.

El alférez señaló hacia la cárcel.

- Ocho están allí –dijo-; el Bruno murió a medianoche, pero su declaración ya consta.

El Cura saludó a Dª. Consolación, que respondió con un bostezo y un ¡aah!, y ocupó el sillón debajo del retrato de S.M.

- ¡Podemos empezar! –repuso.

- ¡Sacad a los dos que están en el cepo! –mandó el alférez con voz que procuró hacer lo más terrible que pudo, y volviéndose al Cura añadió cambiando de tono:

- ¡Están metidos saltando dos agujeros!.

[2] Comentario a la suerte de los que pierden: ¡ay de los vencidos!, en latín. El manuscrito original Rizal muestra que su primera intención fue titular este capítulo 'EN EL SIGLO XIX,' como escandalizado de que a estas alturas de la humanidad pudieran observarse las atrocidades que narra. Más tarde tachó ese título que cambió por el de ¡VAE VICTIS!
Cuenta Tito Livio en Ab Urbe Condita (Historia de Roma) que en el siglo IV antes de Cristo los Galos conquistaron y saquearon Roma. Un grupo de romanos refugiados en el Capitolio pactó comprar su libertad a cambio de mil libras de oro. Mientras el recuento del pago, los romanos se quejaron de que los Galos usaban pesas falsas. El jefe galo Breno entonces puso su espada en la balanza y amonestó a los romanos que no tenían otra opción: Vae victis!

[3] Temístocles fué un gran general y estadista griego que acabó con la aventura persa que empezó con el sacrificio de Leónidas en las Termópilas (ver nota 13 al Capítulo 34.) Conociendo a fondo la fuerza naval de los persas, muy superior a la griega, y de los laberínticos mares griegos, Temístocles buscó y forzó con argucias una batalla naval en Salamina, un estrecho donde la flota persa no pudo ofrecer un frente amplio de tal manera que la primera fila de barcos persas a la entrada del estrecho no era superior al frente de la flota griega fuera, lo que degradó severamente la maniobrabilidad de la flota. La batalla se libró de noche y se saldó con cuarenta trirremes griegos destruídos, cuatrocientos persas hundidos y una desmoralización catastrófica en los persas que se retiraron abandonando la idea de conquistar Grecia y Europa. Rizal se imagina a un Temístocles victorioso asistiendo a los juegos olímpicos que siguieron a la victoria griega.

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