Capítulo 19: Aventuras De Un Maestro De Escuela - Page 2 of 4

- No atribuya Ud. mi pregunta a una vana curiosidad –repuso Ibarra gravemente, mirando al lejano horizonte-. ¡He reflexionado mejor y creo que realizar los pensamientos de mi padre vale más que llorarle, mucho más que vengarlo. Su tumba es la sagrada Naturaleza y sus enemigos han sido el pueblo y un sacerdote: perdono al primero por su ignorancia y respeto al segundo por su carácter y porque quiero que se respete la Religión que educó a la sociedad. Quiero inspirarme en el espíritu del que me dio el ser y por esto desearía conocer los obstáculos que encuentra aquí la enseñanza.

- ¡El país bendecirá su memoria de Ud., señor, si realiza los hermosos propósitos de su difunto padre! –dijo el maestro-. ¿quiere Ud. conocer los obstáculos en que tropieza la enseñanza?. Pues bien, en las circunstancias en que estamos, sin un poderoso concurso la enseñanza nunca será un hecho, primero, porque en la niñez no hay aliciente ni estímulo, y segundo, porque aún cuando los hubiera, los matan la carencia de medios y muchas preocupaciones. Dicen que en Alemania estudia el hijo del campesino ocho años en la escuela del pueblo; ¿quién querrá emplear aquí la mitad de ese tiempo, cuando se recogen tan escasos frutos?. Leen, escriben y se aprenden de memoria trozos y a veces libros enteros en castellano, sin entender de ellos una palabra; ¿qué utilidad saca de la escuela el hijo de nuestros aldeanos?.

- Y Ud. ve el mal, ¿cómo no ha pensado en remediarlo?.

- ¡Ay! –contestó moviendo tristemente la cabeza-; un pobre maestro, solo, no lucha contra las preocupaciones, contra ciertas influencias. Necesitaría antes que todo, tener escuela, un local, y no como ahora que enseño al lado del coche del P. Cura, debajo del convento. Allí los niños que gustan de leer en voz alta incomodan, como es natural, al Padre, que a veces desciende nervioso, sobre todo cuando tiene sus ataques, les grita y me insulta a mí a veces. Comprende Ud. que así no se puede enseñar ni aprender; el niño no respeta al maestro desde el instante en que le ve maltratado sin hacer prevalecer sus derechos. El maestro, para que sea escuchado, para que su autoridad no se ponga en duda, necesita prestigio, buen nombre, fuerza moral, cierta libertad y permítame Ud. que le hable de tristes pormenores. Yo he querido introducir reformas y se me han reído. Para remediar aquel mal de que le hablaba, traté de enseñar el español a los niños porque además de que el Gobierno lo ordenaba, juzgué que sería también una ventaja para todos. Empleé el método más sencillo, de frases y nombres, sin valerme de grandes reglas, esperando enseñarles la gramática cuando ya comprendiesen el idioma. Al cabo de algunas semanas los más listos casi ya me comprendían y componían algunas frases.

El maestro se detuvo y pareció dudar; después, como si se hubiera decidido, continuó:

- No debo avergonzarme de la historia de mis agravios; cualquiera en mi lugar se hubiera portado lo mismo. Como decía, principiaba bien; mas, algunos días después, el P. Dámaso, el cura de entonces, me hizo llamar por el sacristán mayor. Como conocía su carácter y temía hacerme esperar, subí inmediatamente, le saludé y le di los buenos días en castellano. Él, que por todo saludo me alargaba la mano para que se la besara, la retiró y, sin contestarme, empezó a reír a carcajadas, burlonamente. Quédome desconcertado; delante estaba el sacristán mayor. Al pronto no supe que decir; me le quedé mirando pero él siguió riendo. Yo ya me impacientaba y veía que iba a cometer una imprudencia, pues ser buen cristiano y ser digno a la vez no son cosas incompatibles. Iba ya a preguntarle, cuando de repente, pasando de la risa al insulto, me dijo con socarronería: “Con que buenos días, ¿ah?., ¡buenos días!, ¡gracioso!, ¡ya sabes hablar español!”. Y continuó riendo.

Ibarra no pudo reprimir una sonrisa.

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makitid ang noó