Capítulo 7: Idilio En Una Azotea

Idilio En Una Azotea [23]

TEMPRANO

HABÍAN ido aquella mañana a misa tía Isabel y María Clara: ésta, vestida elegantemente, con un rosario de cuentas azules que medio le servía de brazalete, y aquella con sus anteojos para leer su “Ancora de Salvación”, durante el Santo Sacrificio.

Apenas desapareció el sacerdote del altar, la joven manifestó deseos de retirarse con gran sorpresa y disgusto de la buena tía que creía a su sobrina piadosa y amiga del rezo, como una monja cuanto menos. Refunfuñando y haciéndose cruces se levantó la buena anciana. “¡Bah!, ya me perdonará el buen Dios, que debe conocer el corazón de las muchachas mejor que Ud., tía Isabel”, le hubiera dicho para cortar sus severos pero al fin maternales sermones.

Ahora han desayunado ya y María Clara distrae su impaciencia tejiendo un bolsillo de seda, mientras la tía quiere borrar los rastros de la fiesta anterior, empezando a manejar el plumero. Capitán Tiago examina y repasa unos papeles.

Cada ruido en la calle, cada coche que pasaba hacían palpitar el seno de la virgen y la estremecían. ¡Ah, ahora desea estar otra vez en su tranquilo beaterio, entre sus amigas!. ¡Allí le podría ella ver sin temblar, sin turbarse!. Pero ¿no era él tu amigo de la infancia, no jugabais tontos juegos y hasta reñíais a veces?. El porqué de estas cosas no le he de decir; si tu que me lees has amado, lo comprenderás, y si no, es inútil que te lo diga: los profanos no comprenden estos misterios.

- Yo creo, María, que el médico tiene razón –dice Capitán Tiago-. Debes ir a provincias, estás muy pálida, necesitas buenos aires. ¿Qué te parece Malabón...? ¿o San Diego?.

A este último nombre María Clara se puso roja como una amapola y no pudo contestar.

- Ahora iréis Isabel y tú al beaterio para sacar tus ropas y despedirte de tus amigas –continuó Capitán Tiago sin levantar la cabeza-, ya no volverás a entrar en él.

María Clara sintió esa vaga melancolía que se apodera del alma cuando se deja para siempre un lugar en donde fuimos felices, pero otro pensamiento amortiguó este dolor.

- Y dentro de cuatro o cinco días, cuando tengas ropa nueva, nos iremos a Malabón... Tu padrino ya no está en San Diego; el cura que viste aquí anoche, aquel padre joven, es el nuevo cura que tenemos allá, es un santo.

María Clara quería dar un abrazo a su tía, pero oyó pararse un coche y se puso pálida.

- ¡Ah, es verdad! –contentó Capitán Tiago, y cambiando de tono añadió-: ¡D. Crisóstomo!.

María Clara dejó caer la labor que tenía entre las manos, quiso moverse pero no pudo: un estremecimiento nervioso recorría su cuerpo. Se oyeron pasos en las escaleras y, después una voz fresca, varonil. Como si esta voz hubiese tenido un poder mágico, la joven se sustrajo a su emoción y echóse a correr, escondiéndose en el oratorio donde estaban los santos. Los dos primos se echaron a reír, e Ibarra oyó aún el ruido de una puerta que se cerraba.

[23] 'Shir Hashirim,' Cantar de los Cantares en hebreo. Se lee de derecha a izquierda como todas las lenguas semitas.

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