Capítulo 55: La Catástrofe

ALLÁ EN EL COMEDOR CENAN Capitán Tiago, Linares y la tía Isabel; desde la sala se oye el ruido de platos y cubiertos. María Clara ha dicho que no tenía ganas y se ha sentado al piano, acompañada de la alegre Sinang, que le murmura al oído misteriosas frases, mientras el P. Salví se pasea inquieto en un extremo a otro de la sala.

No es que la convaleciente no sienta hambre, no; es que espera la llegada de una persona y ha aprovechado el momento en que su Argos [13] no puede estar presente: la hora de cenar para Linares.

- Verás como el fantasma ese se queda hasta las ocho –murmura Sinang señalando al Cura- a las ocho debe él venir. Ese está enamorado como Linares.

María Clara miró con espanto a su amiga. Esta, sin notarlo, continuó con su charla terrible:

- ¡Ah!, ya sé yo por qué no sale a pesar de mis indirectas: ¡no quiere gastar luz en el convento!, ¿sabes?. Desde que caíste enferma, las dos lámparas que hacía encender, se han vuelto a apagar... Pero, ¡míralo que ojos pone y qué cara!.

En aquel momento en el reloj de la casa dieron las ocho. El Cura se estremeció, y fue a sentarse en un rincón.

- ¡Ya viene! –dijo Sinang pellizcando a María Clara-. ¿Oyes?.

La campana de la iglesia dio el toque de las ocho y todos se levantaron para rezar; el P. Salví con voz débil y temblorosa ofreció, pero, como cada uno tenía sus propios pensamientos, nadie reparó atención en ello.

Terminado el rezo apenas, se presentó Ibarra. El joven llevaba luto no sólo en el traje sino también en la cara, de tal manera que al verle, María Clara se levantó dando un paso hacia él como para preguntarle qué tenía, pero en el mismo instante una descarga de fusilería se dejó oír. Ibarra se detiene, sus ojos giran, pierde la palabra. El Cura se esconde detrás de un pilar. Nuevos tiros, nuevas detonaciones se oyen del lado del convento, seguidos de gritos y carreras. Capitán Tiago, tía Isabel y Linares entran precipitando gritando ¡tulisán, tulisán!. [14] Andeg les sigue blandiendo el asador y corriendo hacia su hermana de leche.

Tía Isabel cae de rodillas y llora y reza el kyrie eleyson; Capitán Tiago, pálido y tembloroso, lleva en un tenedor el hígado de una gallina, que ofrece llorando a la Virgen de Antipolo; Linares tiene la boca llena y está armado de una cuchara; Sinang y María Clara se abrazan, el único que permanece inmóvil, como petrificado, es Crisóstomo, cuya palidez es indescriptible.

Los gritos y los golpes, continuaban, las ventanas se cerraban con estrépito, se oía pitar, un tiro de cuando en cuando.

- ¡Christe eleyson!, Santiago, que se cumple la profecía... ¡cierra las ventanas! –gemía tía Isabel.

- ¡Cincuenta bombas grandes con dos misas de gracia! –contestaba Capitán Tiago- ¡ora pro nobis!.

[13] Argos fué famoso guardián de la ninfa Io de la que se enamoró Júpiter. Siempre vigilante, tenía cien ojos y dormía sólo con cincuenta. Es referencia a una fábula encantadora que aparece en las Metamorfosis de Ovidio y que explica los muchos ojos que se ven en la cola del pavo real. Se puede ver una transcripción en Júpiter e Io.

[14] En tagalog, 'Bandoleros! Bandoleros!'

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