Capítulo 27: Al Anochecer

EN CASA DE CAPITÁN TIAGO se habían hecho también muy grandes preparativos. Conocemos al dueño; su afición al fausto y su orgullo de manileño debían humillar en esplendidez a los provincianos. Otra razón había además que le obligaba a procurar eclipsar a los otros: tenía a su hija María Clara y estaba allí su futuro yerno que sólo hacía hablar de él.

En efecto, uno de los más serios periódicos de Manila le había dedicado un artículo en su primera plana, titulado '¡Imitadle!', colmándole de consejos y dándole algunos elogios. Le había llamado 'el ilustrado joven' y 'rico capitalista'; dos líneas más abajo, 'el distinguido filántropo', en el siguiente párrafo 'el alumno de Minerva que había ido a la Madre Patria para saludar el genuino suelo de las artes y ciencias', y un poco más abajo 'el español filipino,' etc. etc. Capitán Tiago ardía en generosa emulación y pensaba si acaso no debía también levantar a su costa un convento.

Días antes habían llegado a la casa que habitaban María Clara y tía Isabel, multitud de cajas de comestibles y bebidas de Europa, espejos colosales, cuadros y el piano de la joven.

Capitán Tiago llegó el mismo día de la víspera: al besarle su hija la mano, él le regaló un hermoso relicario de oro con brillantes y esmeraldas, conteniendo una astilla de la barca de S. Pedro, donde se había sentado N.S. durante la pesca.

La entrevista con el futuro yerno no podía ser más cordial; se habló naturalmente de la escuela. Capitán Tiago quería que se llamase escuela de S. Francisco.

- ¡Créame Ud. –decía-, S. Francisco es un buen patrón!. Si Ud. la llama escuela de Instrucción primaria no gana Ud. nada. ¿Quién es Instrucción primaria?.

Llegaron algunas amigas de María Clara y la invitaron a salir a paseo.

- Pero vuelve pronto –dijo Capitán Tiago a su hija que le pedía su permiso.; ya sabéis que esta noche cena con nosotros el P. Dámaso que acaba de llegar.

Y volviéndose a Ibarra que se había puesto pensativo, añadió:

- Cene Ud. también con nosotros; en su casa estará Ud. solo.

- Con muchísimo gusto, pero debo estar en casa por si vienen visitas –contestó balbuceando el joven, esquivando la mirada de María Clara.

- Traiga Ud. a sus amigos –replica frescamente Capitán Tiago-; en mi casa siempre hay comida abundante... Quisiera además que Ud. y el P. Dámaso se entendiesen...

- ¡Ya habrá tiempo para eso! –contestó Ibarra sonriendo con sonrisa forzada y se dispuso acompañar a las jóvenes.

Bajaron las escaleras. María Clara iba en medio de Victoria e Iday, la tía Isabel seguía detrás.

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