Capítulo 10: El Pueblo

CASI A ORILLAS DEL LAGO está el pueblo de San Diego [42] en medio de campiñas y arrozales. Exporta azúcar, arroz, café y frutas, o los vende malbaratados al chino, que explota la candidez o los vicios de los labradores.

Cuando en un día sereno los muchachos se suben al último cuerpo de la torre de la iglesia, que el musgo y las plantas viajeras adornan, entonces prorrumpen en alegres exclamaciones, provocadas por la hermosura del panorama que se ofrece a su vista. En medio de aquel cúmulo de techos de nipa, teja, zinc y cabo negro, separados por huertas y jardines, cada uno sabe encontrar su casita, su pequeño nido. Todo les sirve de señas: un árbol, el tamarindo de ligero follaje, el cocotero cargado de nueces como la Astarté generadora o la Diana de Efeso con sus numerosas mamas, una flexible caña, una bonga1, una cruz. Allá está el río, monstruosa serpiente de cristal, dormida en la verde alfombra: de distancia en distancia rizan su corriente pedazos de roca esparcidos en el arenoso lecho; allá el cauce se estrecha entre dos elevadas orillas a que se agarran haciendo contorciones árboles de raíces desnudas; aquí se forma una suave pendiente y el río se ensancha y remansa. Allá, más a lo lejos, una casita, construida al borde, desafía la altura, los vientos y el abismo, y por sus delgados harignes, diríase una monstruosa zancuda que espía al reptil para acometerle. Troncos de palmeras o árboles con corteza aún, movedizos y vacilantes, unen ambas orillas, y si son malos puentes, son en cambio magníficos aparatos gimnásticos para hacer equilibrios, lo que es de desdeñar: los chicos se divierten desde el río en que se bañan, con las angustias de la mujer que pasa con el cesto en la cabeza, o del anciano que va temblando y deja caer el báculo en el agua.

Pero la que siempre llama la atención es una que diríamos península de bosques en aquel mar de terrenos labrados. Allí hay árboles seculares, de ahuecado tronco, que mueren solamente cuando algún rayo hiere la altiva copa y lo incendia: dicen que entonces el fuego se circunscribe y muere en el mismo sitio; allí hay enormes peñas que el tiempo y la naturaleza van vistiendo con terciopelos de musgo: el polvo se deposita capa tras capa en sus huecos, la lluvia las fija y las aves siembran de semillas. La vegetación tropical se desenvuelve libremente: matorrales, malezas, cortinas de enredaderas entrelazadas unas a otras, pasan de un árbol a otro, se cuelgan de las ramas, se agarran a las raíces, al suelo, y como si Flora no estuviese aún contenta, planta sobre las plantas; musgo y hongos viven sobre las agrietadas cortezas, y plantas aéreas, graciosos huéspedes, confunden sus abrazos con las hojas del árbol hospitalario.

Aquel bosque era respetado: acerca de él existían extrañas leyendas, pero la más verosímil y por lo mismo menos creída y sabida parece ser la siguiente.

Cuando el pueblo era todavía un montón miserable de chozas y en la especie de calles crecía aún abundante la yerba, en aquellos tiempos, en que durante la noche venían venados y jabalíes, llegóse un día un viejo español de ojos profundos y que hablaba bastante bien el tagalo. Después de visitar y recorrer los terrenos en varios sentidos, preguntó por los propietarios del bosque en donde corrían aguas termales. Presentáronse algunos que pretendían serlo, y el viejo lo adquirió a cambio de ropas, alhajas y algún dinero. Después, sin saberse cómo, desapareció. La gente le creía ya encantado, cuando un olor fétido, que partía del vecino bosque, llamó la atención de unos pastores; rastreáronlo y encontraron al viejo en estado de putrefacción, colgado de una rama de un baliti. [43] En vida ya daba miedo por su voz profunda, cavernosa, por aquellos ojos hundidos y aquella risa sin sonido; pero ahora, muerto suicidado, turbaba el sueño de las mujeres. Algunas tiraron las alhajas al río y quemaron la ropa, y desde que el cadáver fue enterrado al pie del mismo baliti, ya no hubo persona que por allí se quisiese aventurar. Un pastor, que buscaba a sus animales, contó haber visto luces; fueron los mancebos, y éstos ya oyeron lamentos. Un infeliz enamorado que por llamar la atención de la desdeñosa prometió pasar la noche debajo del árbol arrollando a su tronco un largo junco, murió de una fiebre rápida, que le cogió al día siguiente de la noche de su apuesta. Corría aún sobre este paraje muchos cuentos y leyendas.

No pasaron meses y vino un joven, mestizo español al parecer, que dijo ser hijo del difunto y se estableció en aquel rincón dedicándose a la agricultura, sobre todo a la siembra del añil. D. Saturnino era un joven taciturno y de un carácter violento, a veces cruel, pero era muy activo y laborioso: cercó de un muro la tumba de su padre, que visitaba solo de tiempo en tiempo. Entrado en años, casóse con una joven de Manila, de quien tuvo a D. Rafael, el padre de Crisóstomo.

D. Rafael, desde muy joven, se hizo amar de los campesinos: la agricultura, traída y fomentada por su padre, se desarrolló rápidamente; afluyeron nuevos habitantes, vinieron muchos chinos, el villorrio pronto se hizo aldea y tuvo un cura indio; después la aldea se convirtió en pueblo, murió el cura y vino Fr. Dámaso, pero el sepulcro y el territorio añejo fueron respetados. Los chicos se atreven a veces, armados de palos y piedras, a vagar por los alrededores, para coger guayabas, papayas, lomboi, etc., y ocurría que en lo mejor de la ocupación, o cuando contemplaban silenciosos la cuerda que se balancea desde la rama, caía una o dos piedras, venidas sin saberse de dónde; entonces al grito de ¡el viejo! ¡el viejo!, arrojaban frutas y palos, saltaban de los árboles, corrían entre rocas y matorrales y no paraban hasta salir del bosque, pálidos, jadeantes unos, llorosos otros, y riendo muy pocos.

[42] Como todo escritor de ficción Rizal saca detalles para su obra del pozo de su experiencia personal y después les atribuye nombres ficticios, lo que da a muchos ocasión de tratar de identificar, que no de relacionar, detalles de ficción con elemnetos de la vida real. Relacionando, el lago de la novela está escenificado a partir de la laguna de Bay, una gran masa de agua dulce al sureste de Manila y fuente del rio Pásig que la cruza. El pueblo de San Diego es ficticio no existe ni existió pueblo de ese nombre a las riberas del 'lago.' Los elementos de la descripción de San Diego, sin embargo, pudieran estar tomados del pueblo natal de Rizal, Calamba, a orillas del lago 70 km al sur de Manila.

[43] Hoy deletreado 'balete,' es arbol frondoso de tronco cubierto por sus propias raices retorcidas. Su aspecto le hace sujeto de numerosos agüeros y supersticiones. Mucha gente huye de noche de calles flanqueadas de baletes a pesar del hermoso adorno que las prestan.

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waláng káluluwá
 

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