Capítulo 8: Buenas Pascuas!

Cuando Juli abrió los doloridos ojos, vió que la casa estabatodavia oscura. Los gallos cantaban. Lo primero que se leocurrió fué que quizás la Virgen haya hecho el milagro, y elsol no iba salir á pesar de los gallos que lo invocaban.

Levantóse, se persignó, rezó con mucha devocion sus ora-ciones de la mañana y procurando hacer el menor ruidoposible, salió al batalan.

No había milagro; el sol iba á salir, la mañana prometía sermagnífica, la brisa era deliciosamente fría, las estrellas en eloriente palidecían y los gallos cantaban á más y mejor.Aquello era mucho pedir; más facil le era á la Virgen enviarlos doscientos cincuenta pesos! Qué le cuesta á ella, la Madrede Dios, dárselos? Pero debajo de la imágen solo encontró lacarta de su padre pidiendo los quinientos pesos de rescate...No había más remedio que partir. Viendo que su abuelo nose movía, le creyó dormido, é hizo el salabat del desayuno.¡ Cosa rara! ella estaba tranquila, hasta tenía ganas de reir.¿Qué tenía pues para acongojarse tanto aquella noche? Noiba lejos, podía venir cada dos dias á visitar la casa; elabuelo podía verla y en cuanto á Basilio, él sabía hace tiempoel mal giro que tomaban los asuntos de su padre porque solíadecirla á menudo :

— Cuando yo sea médico y nos casemos, tu padre no necesi-tará de sus campos.

— ¡Qué tonta he sido en llorar tanto ! se decía mientrasarreglaba su tampipi.

Y como sus dedos tropezasen con el relicario, lo llevó á suslabios, lo besó, pero se los frotó inmediatamente temiendo elcontagio; aquel relicario de brillantes y esmeraldas habíavenido de un lazarino... Ah! entonces sí, si ella contraía seme-jante enfermedad, no se casaría.

Como empezaba á clarear y viera á su abuelo sentado en unrincon, siguiendo con los ojos todos sus movimientos cogió sutampipi de ropas, se acercó sonriendo á besarle la mano. Elviejo la bendijo Rin decir una palabra. Ella quiso bromear.

— Cuando el padre vuelva le direis que al fin me he ido alcolegio mi ama habla español. Es el colegio más barato quese puede encontrar.

Y viendo que los ojos del viejo se llenaban de lágrimas, pusosobre su cabeza el tampipi y bajó apresuradamente las esca-leras. Sus chinelas resonaban alegremente sobre las gradas demadera.

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maybahay