Capítulo 37: El Misterio

Todo se sabe.

No obstante, apelar de tantas precauciones, los rumoresllegaron hasta el público, si bien bastante alterados y mutilados.Eran el tema de los comentarios de la noche siguiente en casade la rica familia de Orenda, comerciante en alhajas en elindustrioso arrabal de Santa Cruz. Los numerosos amigos dela casa solo se ocupaban de ello. No se jugaba al tres-siete, nise tocaba el piano, y la pequeña Tinay, la menor de todaslas señoritas, se aburría sola jugando á la eliongka, sin po-derse explicar el interés que despiertan los asaltos, las cons-piraciones, los sacos de pólvora, habiendo tantos hermosossigayes en las siete casetas que parece le guiñan á una y lesonrien con sus boquitas entreabiertas para que los suba en lacasa madre ó iná: Isagani que, cuando venía, jugaba con ella yse dejaba engañar lindamente, no acudía á sus llamamientos,Isagani escuchaba sombrio y silencioso lo que el platero Chichoycontaba. Momoy, el novio de la Sensia, la mayor de las de Oren-da, hermosa y viva jóven aunque algo burlona, había dejadola ventana donde solía pasar las noches en coloquio amoroso.

Esto contrariaba mucho al loro cuya jaula pendía del alero,loro favorito de la casa por tener la habilidad de saludarpor las mañanas á todo el mundo con maravillosas frases deamor. Capitana Loleng, la activa é inteligente capitana Lolengtenía su libro de cuentas abierto pero sin leerlo ni escribir nadaen él; no fijaba la atencion en los platos, llenos de perlas sueltas,ni en los brillantes; aquella vez se olvidaba y era toda oidos.Su mismo marido, el gran Capitan Toringoy, trasformacion delnombre Domingo, el más feliz del arrabal, sin más ocupacionesque la de vestirse bien, comer, pasearse y charlar mientras todasu familia trabaja y se afana, no se iba á la tertulia, escuchandoentre medroso y emocionado las horripilantes noticias del del.gaducho Chichoy.

Y no había para Menos. Chichoy había ido á entregar unostrabajos para don Timoteo Pelaez, un par de pendientes parala recien casada, á la sazon en que demolían el kiosko que enla noche anterior habia servido de comedor á las primerasautoridades. Aquí Chichoy se ponía pálido y sus cabellos se

erizaban.

— Nakú! decía; sacos de pólvora, sacos de pólvora debajo del suelo, en el techo, debajo de la mesa, dentro de los asientos,en todas partes! Fortuna que ninguno de los trabajadores fumaba!

— Y ¿quién ha puesto esos sacos de pólvora? Preguntaba Capitana Loleng, que era valiente y no palidecía como el enamorado Momoy.

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