Capítulo 29: Ultimas Palabras Sobre Capitan Tiago

Talla vita finis ita.

Capitan Tiago tuvo buen fin, esto es, un entierro como pocos.Es cierto que el cura de la parroquia había hecho observar al P. Irene que Cpn. Tiago se había muerto sin confesion, pero el buen sacerdote, sonriendo burlonamente, se frotó la punta desu nariz y respondió :

-- Vamos ¡á mí con esas! si hubiéramos de negar las exe-quias á todos los que se mueren sin confesion, nos olvidaríamosdel De profundi s. Esos rigores, como usted sabe bien, se conser-van cuando el impenitente es tambien insolvente, pero ¡conCpn. Tiago!.. Vaya! si chinos infieles ha enterrado usted y conmisa de requiem!

Cpn. Tiago había nombrado albacea y ejecutor testamentarioal P. Irene, y legaba sus bienes parte á Sta. Clara, parte alPapa, al Arzobispo, á las Corporaciones religiosas, dejandoveinte pesos para las matrículas de los estudiantes pobres.Esta última cláusula se dictó á propuesta del P. Irene, á fuerde protector de la juventud estudiosa. Cpn. Tiago había anu-lado un legado de veinticinco pesos que dejaba á Basilio, envista de la ingrata conducta observada por el joven en los últi-mos días, pero el P. Irene lo restablecía y anunciaba que lotomaba sobre su bolsillo y su conciencia.

En la casa del muerto, á donde habían acudido al día siguienteantiguos conocidos y amigos, se comentaba mucho un milagro.Decíase que en el momento mismo en que agonizaba, el almade Capitan-Tiago se había aparecido á las monjas, rodeada debrillante luz. Dios la salvaba, gracias á las numerosas misasque había mandado decir y á los piadosos legados. El rumor secomentaba, se dibujaba, adquiría detalles y ninguno lo ponía enduda. Se describía el traje de Cpn. Tiago, por supuesto, el frac,la mejilla levantada por el saftd del buyo, sin olvidar la pipapara fumar opio ni el gallo sasabugin. El sacristan mayor quese encontraba en el grupo, afirmaba gravemente con la cabeza,y pensaba que, muerto él, se aparecería con su tasa de tajúblanco porque, sin aquel desayuno refrescante, no se comprendíala felicidad ni en el cielo ni en la tierra. Sobre este tema y porno poder hablar de los acontecimientos del día anterior y porhaber allí tahures, se emitían pareceres muy peregrinos, sehacían conjecturas sobre si Capitan Tiago invitaría 6 no á SanPedro para una soltada, si se cruzarían apuestas, si los gallosserían inmortales, si invulnerables, y en este caso, quién seríael sentenciador, quién ganaría etc., discusiones muy al gustode los que fundan ciencias, teorías, sistemas basados en untesto que reputan infalible, revelado ó dogmático. Se citaban, quien no había podido visitar durante su enfermedad. Pero unsastre objetó con mucha razon que, pues que las monjas levieron á Capitan Tiago subiendo al cielo de frac, de frac teníanque vestirle aquí en la tierra y no había necesidad de preserva-tivos ni impermeables; se va de frac cuando se va á un baile,á una fiesta, y no otra cosa le debe esperar en las alturas... y¡miren! casualmente tiene él uno hecho, que lo puede cederpor treinta y dos pesos, cuatro más barato que el hábito delfranciscano, porque con Capitan Tiago no quiere él ganar nada:fué su parroquiano en vida y ahora será su patron en el cielo!Pero el P. Irene, albacea y ejucutor testamentario, rechazó unay otra proposicion y mandó vistiesen al cadáver con cualquierade sus antiguos trajes, diciendo con santa uncion que Dios nose fijaba en vestiduras.

Las exequias fueron, pues, de primerísima clase. Hubo res-ponsos en casa, en la calle, oficiaron tres frailes como si unono pudiese bastar con tanta alma, se hicieron todos los ritos yceremonias posibles, y es fama que se improvisaron otras,habiendo extras como en los beneficios de los teatrillos. Aquellofué una delicia: se quemó mucho incienso, se cantó mucho enlatin, se gastó mucha agua bendita — el P. Irene en obsequiode su amigo cantó con voz de falsete el Dies irte, desde el coro —y los vecinos cogieron verdadero dolor de cabeza con tantodoblar á muerto.

Doña Patricinio, la antigua rival de Cpn. Tiago en religio-sería, deseó de todas véras morirse al día siguiente paraencargar exequias aun más soberanas. La piadosa vieja nopodía sufrir que aquel, que ella tenía ya para siempre vencido,al morir, resuscitase con tanta pompa. Sí, deseaba morirse y leparecía escuchar las esclamaciones de la gente que presenciarálus responsos:

— Esto, sí, que es entierro ! esto, sí, que es saber morir,doña Patrocinio!

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