Capítulo 25: Llantos

La sala de la « Pansitería Macanista de buen gusto » ofrecíaen aquella noche un aspecto estraordinario.

Catorce jóvenes, de las principales islas del Archipiélago,desde el indio puro (si es que los hay puros) al español penin-sular, se reunían para celebrar el banquete que el P. Ireneaconsejaba, en vista de la resolucion dada al asunto de la ense-ñanza del castellano. Habían alquilado para sí todas las mesas, mandando aumentar las luces y pegar en la pared, junto á lospaisajes y kakémonos chinescos, este estraño versículo :

¡ GLORIA A CUSTODIO POR SUS LISTURAS Y PANSIT EN LATIERRA A LOS CHICOS DE BUENA VOLUNTAD!

En un país donde todo lo grotesco se cubre con capa de serie-dad, donde muchos se elevan á fuerza de humo y aire calen-tado; en un pais donde lo profundamente serio y sincero dañaal salir del corazon y puede ocasionar disturbios, probablementeaquella era la mejor manera de celebrar la occurencia delinsigne don Custodio. Los burlados contestaban á la sorna conuna carcajada, al pastel gubernamental respondían con unplato de pansit, y todavía!

Se reía, se chanceaba, pero era visible que en la alegríahabía esfuerzo; las risas vibraban de cierto temblor nervioso,de los ojos saltaban rápidas chispas y en más de uno se vióuna lágrima brillar. Y sin embargo, aquellos jóvenes erancrueles, eran injustos! No era la primera vez que se resolvíanasí los más hermosos pensamientos, que se defraudaban lasesperanzas con grandes palabras y pequeñas acciones : antesde don Custodio, hubo otros muchos, muchísimos!

En medio de la sala y bajo los faroles rojos, se veían cuatromesas redondas, dispuestas simétricamente formando un cua-drado; servían de asiento banquillos de madera igualmenteredondos. En el centro de cada mesa, segun el uso del estable-cimiento, se. presentaban cuatro platitos de colores con cuatropasteles cada uno, y cuatro tazas de té con sus correspondientescubiertas, todas de porcelana roja; delante de cada banquillose veían una botella y dos copas de luciente cristal.

Sandoval, á fuer de curioso, miraba, escudriñaba todo, pro-baba las pastas, examinaba los cuadros, leía la lista de los precios.Los demás hablaban del tema del día, de las actrices déla opereta francesa y la enfermedad misteriosa de Simoun áquien, segun unos, habían encontrado herido en la calle, segunotros, había intentado suicidarse : como era natural se perdíanen conjeturas. Tadeo daba su version particular, segun él,tomada de buena fuente. Simoun había sido atacado por undesconocido en la antigua plaza del Vivac ; los motivos eran lavenganza, y en prueba de ello el mismo Simoun se negaba ádar la más mínima explicacion. De allí pasaron á hablar devenganzas misteriosas, y naturalmente de hazañas frailunas contando cada uno las proezas de los respectivos curas de suspueblos.

Una cuarteta, en grandes letras negras, coronaba el friso dela sala y decía :

De esta fonda el cabecilla

Al público advierte

Que nada dejen absolutamente

Sobre alguna mesa 6 silla.

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