Capítulo 18: Supercherias

Mr. Leeds, un verdadero yankee, vestido todo de negro, lesrecibió con mucha deferencia. Hablaba bien el castellano porhaber estado muchos años en la América del Sur. No opusoninguna dificultad á la pretension de nuestros visitadores, dijoque podían examinar todo, todo, antes y despues de la representacion; durante ella les suplicaba se estuviesen tranquilos.Ben Zayb se sonreía y saboreaba el disgusto que preparaba alamericano.

La sala, tapizada toda de negro, estaba alumbrada por lám-paras antiguas, alimentadas con espíritu de vino. Una barreracubierta de terciopelo negro la dividía en dos partes casi iguales,una, llena de sillas para los espectadores, y otra, ocupada por unentarimado con una alfombra á cuadros. Sobre este entarimado,en la parte media, se elevaba una mesa cubierta por un ricopaño negro, lleno de calaveras y otras figuras cabalísticas. Lamise en scéne resultaba lúgubre, é impresionó á los alegres visi-tadores. Las bromas cesaron, se hablaba en voz baja y por másque algunos se querían mostrar despreocupados, en los labiosno cuajaba la risa. Todos sentían como si entrasen en una casadonde hay un muerto. Un olor á incienso y á cera aumentabanesta ilusion. D. Custodio y el P. Salví se consultaron en vozbaja sobre si sería ó no conveniente prohibir semejantes espec-táculos.

Ben Zayb, para animará los impresionables y poner en aprietoá Mr. Leeds, le dijo en tono familiar :

— Eh, mister, puesto que no hay más que nosotros y no somosindios que se dejan pescar, ¿permite usted que les haga ver latrampa? Ya sabemos que es cuestion de óptica pura, pero comoel P. Camorra no quiere convencerse...

Y se dispuso á saltar la barrera sin pasar por la debidapuerta, mientras el P. Camorra se deshacía en protestas temiendoque Ben Zayb tuviese razon.

— ¿Y cómo no, señor? contestó el americano; pero no merompa nada, estamos?

El periodista estaba ya sobre el entarimado.

— ¿Permite usted? decía.

Y sin aguardar el permiso, temiendo que Mr. Leeds no selo concediese, levantó el paño y buscó los espejos que esperabadebía haber entre los piés. Ben Zayb soltó una media palabrota,retrocedió, volvió á introducir ambas manos debajo de la presaagitándolas : se encontraba con el vacío. La mesa tenía tres piésdelgados de hierro que se hundían en el suelo.

El periodista miró á todas partes como buscando a go.— ¿Dónde están los espejos? preguntó el P. Camorra.

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