Capítulo 17: La Feria De Kiapo

La noche era hermosa y la plaza ofrecía un aspecto anima-dísimo. Aprovechando la frescura de la brisa y la espléndidaluna de Enero, la gente llenaba la feria para ver, ser vista ydistraerse. Las músicas de los cosmoramas y las luces de los'fa-roles comunicaban la animacion y la alegría á todos. Largas filas detiendas, brillantes de oropel y colorines, desplegaban á la vistaracimos de pelotas, de máscaras ensartadas por los ojos, juguetesde hoja de lata, trenes, carritos, caballitos mecánicos, coches,vapores con sus diminutas calderas, vaginas de porcelana lili-putienses, belencitos de pino, muñecas estrangeras y del país,rubias y risueñas aquellas, sérias y pensativas estas como pe-queñitas señoras al lado de niñas gigantescas. El batir de lostamborcitos, el estrépito -de las trompetillas de hoja de lata, lamúsica nasal de los acordeones y los organillos se mezclaban enconcierto de carnaval, y en medio de todo, la muchedumbreiba y venía empujándose, tropezándose, con la cara vuelta hácialas tiendas de modo que los choques eran frecuentes y no pococómicos. Los coches tenían que contener la carrera de los caba-llos, el tabi! tabi! de los cocheros resonaba á cada momento;se cruzaban empleados, militares, frailes, estudiantes, chinos,jovencitas con sus mamás ó tías, saludándose, guiñándose,interpelándose más ó menos alegremente.

El P. Camorra estaba en su quinto cielo viendo tantas mu-chachas bonitas; se paraba, volvía la cabeza, le daba unempujon á Ben Zayb, castañeteaba con la lengua, juraba ydecía: Y esa, y esa, chupa-tintas? y de aquella, ¿qué me dices?En su contento se ponía á tutear á su amigo y adversario. ElP. Salví le miraba de cuando en cuando, pero buen caso hacíaél del P. Salví; al contrario, hacía de tropezar las muchachaspara rozarse con ellas, les guiñaba y ponla ojos picarescos.

— Puñales! Cuándo seré cura de Kiapó? se preguntaba.

De repente Ben Zayb suelta un juramento, salta y se llevauna mano al brazo; el P. Camorra en el colmo de su entusiasmole había pellizcado. Venía una deslumbrante señorita queatraía la admiracion de toda la plaza; el P. Camorra, no cabiendoen sí de gozo, tomó el brazo de Ben Zayb por el de la joven.

Era la Paulita Gomez, la elegante entre las elegantes queacompañaba Isagani; detrás seguía doña Victorina. La jovenestaba resplandeciente de hermosura : todos se paraban, loscuellos se torcían, se suspendían las conversaciones, la seguíanlos ojos y doña Victorina recibía respetuosos saludos.

Paulita Gomez lucía riquísima camisa y pañuelo de piña bor-dados, diferentes de los que se había puesto aquella mañanapara ir á Sto. Domingo. El tejido vaporoso de la piña hacia desu linda cabeza una cabeza ideal, y los indios que la veían, la,comparaban á la luna rodeada de blancas y ligeras nubes. Unasaya de seda color de rosa, recogida en ricos y graciosos plieguespor la diminuta mano, daba magestad á su erguido busto cuyosmovimientos favorecidos por el ondulante cuello delataban todoslos triunfos de la vanidad y de la coquetería satisfecha. Isaganiparecía disgustado: le molestaban tantos ojos, tantos curiososque se fijaban en la hermosura de su amada: las miradas leparecían robos, las sonrisas de la joven le sabían á infidelidades.

Juanito, al divisarla, acentuó su joroba y saludó; Paulita lecontestó negligentemente, D. Victorina le llamó. Juanito era sufavorito, y ella le prefería á Isagani.

—¡Qué moza, qué moza! murmuraba el P.batado.

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lumílipád ang saya