Capítulo 10: Riqueza Y Miseria

Al dia siguiente, con gran sorpresa del barrio, pedía hospi-talidad en casa de Cabesang Tales el joyero Simoun, seguidode dos criados que cargaban sendas maletas con fundas de lona.En medio de su miseria, aquel no se olvidaba de las buenas cos-tumbres filipinas y estaba muy confuso al pensar que no teníanada para agasajar al estrangero. Pero Simoun traía todo con-sigo, criados y provisiones, y solo deseaba pasar el día y lanoche en aquella casa por ser la más cómoda del barrio y porencontrarse entre San Diego y Tiani, pueblos de donde espe-raba muchos compradores.

Simoun se enteraba del estado de los caminos y preguntabaá Cabesang Tales si con su revólver tendría bastante paradefenderse de los tulisanes.

— Tienen fusiles que alcanzan mucho ! observó CabesangTales algo distraido.

— Este revólver no alcanza menos, contestó Simoun dispa-rando un tiro contra una palmera de bonga que se encontrabaá unos doscientos pasos.

Cabesang Tales vió caer algunas nueces, pero no dijo naday c ,ntinuó pensativo.

Poco á poco fueron llegando varias familias atraidas por lafama de las alhajas del joyero : se saludaban deseándose lasbuenas pascuas, hablaban de misas, santos, malas cosechas,pero con todo iban á gastar sus economías en piedras y baratijasque vienen de Europa. Se sabía que el joyero era amigo delCpn. General y no estaba de más estar en buenas relacionescon él por lo que pueda suceder.

Cpn. Basilio vino con su señora, su hija Sinang y su yerno,dispuestos á gastar lo menos tres mil pesos.

Hermana Penchang estaba allí para comprar un anillo debrillantes que tenía prometido á la Virgen de Antipolo : á Julíla había dejado en casa aprendiendo de memoria un libritoque le había vendido el cura por dos cuartos, con cuarenta dial de indulgencia concedidos por el arzobispo para todo el que loleyere ú oyere leer.

—Jesus! decía la buena devota á Capitana Tiká; esa pobremuchacha creció aquí como un hongo sembrado por el tik-baang!.. La he hecho leer el librito en voz alta lo menos cin-cuenta veces y nada se le queda en la memoria :tiene la cabezacomo un cesto, lleno mientras está en el agua. Todos, de oirla,hasta los perros y los gatos, habremos ganado cuando menosveinte años de indulgencias!

Simoun dispuso sobre la mesa las dos maletas que traía : launa era algo más grande que la otra.

—Ustedes no querrán alhajas de doublé ni piedras deimitacion... La señora, dijo dirigiéndose á Sinang, querrábrillantes..

—Eso, sí señor, brillantes y brillantes antiguos, piedrasantiguas, sabe usted? contestó; paga papá y á él le gustanlas cosas antiguas, las piedras antiguas.

Sinang se guaseaba tanto del mucho latin que sabía su padrecomo del poco y malo que conocía su marido,

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